CRÍTICAS PELÍCULAS

martes, 14 de marzo de 2023

BLUE SPRING (2001)


La crisis económica golpeó de una manera feroz a la población japonesa durante los años 90 y parte de los primeros 2000. Dentro de ese clima de pesadumbre uno de los sectores más afectados fue el de los jóvenes, presos de un presente y sobretodo un futuro sin oportunidades ni aspiraciones. Unos años en donde el acoso escolar, la violencia adolescente o los suicidios crecieron de una manera notable, algo que el cine del país plasmó de forma incisiva durante la década en una corriente de filmes de tono nihilista, desesperanzador y triste. Shunji Iwai radiografió de manera muy acertada a la juventud japonesa de los 90 en obras como Picnic (1996) o Todo sobre Lily (2001). Su amigo Hideaki Anno plasmó de manera excelente las ansiedad y depresiones de esta generación perdida en su Neon Genesis Evangelion (1995) o Love & Pop (1998), la cual exploraba el fenómeno del enjo kosai. Harmful Insect (2001), The Blue Light (2003), Battle Royale (2000) o ejemplos del V-Cinema verdadera y horripilantemente nihilistas como Fudoh: The New Generation (1996) de Takashi MiikeGirl Hell 1999 (1999)... hay decenas de ejemplos cinematográficas que captan la desesperación y depresión de la juventud japonesa de la crisis. Si bien, uno de los casos más singulares de esta corriente es la fundamental Blue Spring (2001).

La historia de Blue Spring se desarrolla en un instituto para chicos, concentrándose en un grupo de ellos en su último año en el instituto antes de su ingreso en la universidad, quienes van a decidir su próximo líder a través del juego de las palmadas. Agarrados a la barandilla del tejado de la escuela, quien dé más palmadas sin caerse, se convierte en líder del grupo y del instituto.

Blue Spring fue uno de los primeros filmes japoneses que pude ver en mi adolescencia y me marcó especialmente y con razón. El filme captura excelentemente ese clima de crisis total, tanto económica como de valores y falta de perspectivas vista desde el punto de vista de los jóvenes. Es una película que supura puro espíritu punk, dándole una vuelta a esos filmes de rebelión estudiantil de los años 70 pero añadiendo una capa de realismo y dureza en sus sucios ambientes así como en la plasmación de la violencia.

Uno de los puntos más satisfactorios es ese nihilismo que se respira en el filme y que transmiten sus protagonistas. Unos personajes que parece que lo tienen todo perdido, envueltos de un estado de apatía y que apenas dan valor a sus propias vidas visto ese juego peligroso y mortal en la azotea del instituto para intentar ganar la hegemonía del edificio, al parecer el único espacio que aspiran a conquistar antes de dejarlo y adentrarse en el oscuro mundo adulto. El elemento más icónico de Blue Spring son las escenas en las que los personajes realizan ese juego de liderazgo en la azotea, plasmada desde la cámara de manera excelente con un uso de los planos aéreos y los contrapicados modélico, sumado a lo realmente peligroso del asunto para los actores ya que parece no haber ningún truco de por medio. La magia del cine...

El ritmo del filme es cadencioso y casi da la sensación de ser casi un documental con una cámara que se cuela en espacios privados en el mundo de estos adolescentes. La plasmación de los ambientes del instituto es seductora, con un edificio marginal, dejado y en indigencia lleno de suciedad y grafitis, donde los profesores poco tienen que hacer. El tono de Blue Spring pese a anclarse en la realidad no deja de contener cierto aire mágico o de fábula cruel donde, en un relato de plena violencia, también hay espacio para plasmar una bonita pero triste historia de amistad entre sus protagonistas.

Un instituto como uno cualquiera... Un juego peligroso para decidir el líder del edificio.

La violencia campa a sus anchas en el centro.

La lucha por la hegemonía del lugar se intensificará...

La representación de su violencia también marca al espectador, realizada de una manera seca, dura y sin contemplaciones. Hay escenas en ese sentido para el recuerdo y que duelen al verlas como ese momento con la genitalia de un estudiante siendo machacada con un bate de béisbol o cuando otro alumno es pateado en la cabeza mientras muerde entre los dientes una lata de cola cola. Todo este clima lo apoya una sensacional banda sonora de tintes punk-rock de parte de la banda Thee Michelle Gun Elephant, cuyas canciones están bien presentes en los momentos clave del filme.

Blue Spring viene dirigida por Toshiaki Toyoda, quien también realiza el guión del filme el cual adapta el manga de Taiyou MatsumotoToyoda debutó con Tokyo Rampage (1998) y en sus inicios parece especializarse en temáticas con esta nueva juventud nipona abocada a la violencia y siendo caldo de cultivo para un futuro en la yakuza. Resulta curioso el hecho de que Toyoda fue arrestado en 2005 por ser encontrado en su domicilio con 4 gramos de cocaína por lo que le cayeron 7 años de cárcel. Con esta detención vino la cancelación de su página web así como del estreno de su Hanging Garden (2005). Tras este varapalo, su trabajo ha continuado hasta nuestros días encargándose, curiosamente (debido a contener ambientes y premisas parecidas a Blue Spring), de la dirección de Crows 3 (2014).

En el reparto de Blue Spring destaca el protagónico de Ryuhei Matsuda, actor de abultada filmografía y que pudimos ver en trabajos de Takashi Miike como Big Bang Love Juvenile A (2005) o en cintas como Love Ghost (2001). Sosuke Takaoka también es un habitual de Miike apareciendo en filmes como 13 asesinos (2010) o Crows (2007) además de la fundamental Battle Royale (2000).

Blue Spring es un pequeño clásico del cine independiente japonés de inicios del milenio. Un retrato brutal en un instituto japonés en guerra, con jóvenes sin perspectivas y abocados a la autodestrucción en un conjunto fresquito, de 80 minutos, en un visionado que deja huella gracias a una planificación narrativa con numerosos momentos poderosos visualmente.

“Todas las flores acaban por marchitarse y hay flores que nunca florecen”

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